
Hemos perdido el camino de las ideas, desde hace un tiempo a esta parte, parece que estamos anestesiados intelectualmente. Quizás todo sea producto de una intoxicación de populismo, que desde el autoritarismo que emerge desde el poder surgen las decisiones de manejarnos con soberbia en sus propias limitaciones.
En un continuo monólogo, que a la larga nos conduce a confrontaciones y a crispaciones innecesarias. Caemos en sucesivos problemas, donde los acontecimientos son un deja-vú, como si estuviéramos destinados a repetir errores una y otra vez, dejándose demostrado que somos incapaces de resolverlos, pero capaces de sufrirlos. Asimismo, tampoco parece existir ninguna rebelión desde el corazón de la sociedad para modificar su suerte, dejándose ganar por el conformismo.
Hemos perdido el sentido de la ética y la corrupción está carcomiendo el alma de la República.
El fuego del mal está silenciando la verdad, sometiéndonos a un relato que escapa de todo sentido común, donde los escrúpulos han perdido el norte, sosteniéndose sobre un andamiaje debilitado de criterios.
Se ha engendrado en el corazón del poder un hambre de codicia que se enaltece de proezas, exhibiendo sus riquezas sin sonrojarse, ante el mundo que nos apunta, enjuiciándonos de ser sumisos, frente a los ladrones de nuestro destino.
Pero no podemos culparnos de nuestro fracaso, de nuestras víctimas, de todo lo que diariamente nos pasa, mientras seamos invisibles para los que tienen que tomar decisiones, y mientras nosotros a la hora de votar, no elijamos un cambio.
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