lunes, 11 de diciembre de 2017

A PROPÓSITO DE IRAK. Por Froilan Barrios Nieves

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“Ellos quisieron destruir nuestra civilización” fueron las palabras del primer ministro de Iraq, Haider al Abadí, al proclamar el sábado 02/12/2017 la victoria sobre el Estado Islámico (ISIS), al recuperar las tropas iraquíes el control de la frontera con Siria. "Anuncio el fin de la guerra contra el Daesh".

Tras un conflicto que derivó en más de 200.000 muertos, ha logrado vencer a quienes pretendían imponer un califato desde el Medio Oriente hasta el Ándalus español, a partir de la unidad nacional del ejército iraquí y las guerrillas del Kurdistán, conjuntamente con las fuerzas internacionales de la Coalición, para así impedir que esa estratégica región del planeta fuera devuelta a la Edad Media, lo que hubiera significado la destrucción de una de las civilizaciones más antiguas de Occidente.
Este desenlace histórico demuestra la necesidad de los pueblos de reencontrar el alma nacional al implosionar sus instituciones y la sociedad, como es el caso de Venezuela, a quien no se puede comparar con la Mesopotamia sumeria, por ser una nación de reciente data y al mismo tiempo forjadora de libertades en el continente, que luego de 240 años de existencia, al serle concedida por cédula real el rango de capitanía general en 1777, ha labrado en todo ese trayecto la conformación de un país, una economía y una sociedad, cuyo legado se encuentra en peligro de permanencia.
El siglo XVIII fue el inicio de nuestra andanza como nación, en el XIX se logró la independencia ante la monarquía española, para luego transcurrir la mayor parte del siglo en cruentas guerras civiles, entre tanto maduraba una conciencia nacional entre caudillos, matarifes y alguna civilidad republicana, hasta que bien entrado el siglo XX se vislumbrara en medio del esplendor petrolero, la factibilidad de una nación en democracia y de poderosa economía, la cual generaba con todos los defectos posibles, alternabilidad política y bienestar para la mayoría de la población.
Podríamos decir que las sanguinarias dictaduras del siglo XX sufridas por el gentilicio patrio dejaron sus huellas, la del Benemérito las cimientes de un estado ante el caudillismo decimonónico, y la del nativo de Michelena la construcción de una infraestructura pública que todavía persiste en la actualidad.
¿Que podríamos decir ante el socialismo del siglo XXI?, que sobrevenido por la esperanza popular por el progreso y superar la condición de vida, nos ha arrastrado a un apocalipsis capaz de pulverizar los casi dos siglos y medio de historia nacional, cuyo balance es el parte de guerra de 250.000 muertos por la inseguridad y la delincuencia, la destrucción de la infraestructura pública, la destrucción de PDVSA principal fuente de recursos, el cierre técnico y financiero de las universidades, la muerte de 200.000 infantes por desnutrición, el no acceso a medicinas, la reducción del otrora moderno transporte público a camiones y chirrincheras, en fin la destrucción de la condición humana.
Todo este cuadro de tragedia lo maquilla el presidente de la república el 11/12/2017 ante la caterva mercenaria de veedores electorales internacionales, al notificarles que dedica el 70% del presupuesto nacional al gasto social, semejante burla al pueblo que debe sobrevivir con menos de un dólar diario, para subsistir en medio de la precariedad absoluta, y con la inaceptable limosna del carnet de la patria, instrumento de prostitución y de envilecimiento de la conciencia ciudadana.
Finalmente, lo correspondiente al país democrático es el levantamiento de una cruzada por el rescate de la democracia, de nuestros valores, ante el califato castromadurista que desintegra la identidad nacional.
Froilan Barrios Nieves
ENVIADO DESDE VENEZUELA

Nuestros antepasados escaparon de una pobreza paralizante debido al capitalismo Richard M. Ebeling

Resultado de imagen para capitalismo redujo la pobrezaEl sistema de libre empresa, o capitalista, en toda la historia registrada ha hecho más por mejorar la condición material de la humanidad, que cualquier otro acuerdo económico. Sí, el “Capitalismo” constantemente es condenado y acusado de ser la causa de los males de la humanidad, en tanto que, en la realidad, nada está más alejado de la verdad.
En sólo doscientos años, la condición económica de la humanidad se ha transformado dramáticamente. En 1820, la población mundial era apenas de un mil millones de personas y sólo ha crecido a 1.5 miles de millones en 1900. Ahora, en el 2017, la población mundial se ha incrementado a más de 7.4 miles de millones de personas.
¿Ha conducido este enorme incremento en la población mundial a la miseria material abyecta y a la desesperanza humana? En lo absoluto, por mucho ha sido lo contrario. En 1900, el Producto Interno Bruto (PIB) global fue de alrededor de un mil millones de dólares; en cambio, en la actualidad es casi de 80 millones de millones de dólares.
En 1820, el Producto Interno Bruto per cápita del mundo se estima que fue de alrededor de $1.000; ya para 1900 era el doble, al llegar, en promedio, a $2.000 por persona. Para el 2017, el PIB per cápita se está aproximando a $16.000, un incremento de ocho veces en poco más de un siglo y con una población mundial siete veces más grande que la de poco menos de hace cien años.
El escape de la pobreza debido al capitalismo
Ahora bien, por supuesto, este crecimiento en la mejora material, basada en el parámetro per cápita global, no ha impactada a todo mundo, en todo lado, en el mismo grado o en el mismo momento.
Pero, eso se debe a que no todos los países evolucionaron o introdujeron muchos de los ingredientes institucionales esenciales, que son necesarios para promover tales mejoras económicas tan asombrosas.
Empezó en partes de Europa y luego de América del Norte durante los siglos XVIII y XIX y de ahí se expandió en diversos grados a otros lugares del mundo. Incluso hoy, el capitalismo apenas ha tocado algunas partes del mundo.
No obstante, siempre que existen las instituciones de la libertad individual, de la propiedad privada, de la regla de la ley y de un gobierno limitado, la máquina humana de la creatividad y de la empresariedad ha abierto el camino para disponer de un cuerno de la abundancia potencial, que reemplaza a la pobreza, la enfermedad y la crueldad de sistemas políticos pre-capitalistas, que hace unos pocos siglos estaban casi en todos lados.
Una historiadora económica, Deirdre McCloskey, dijo “El verdadero sustento del pobre ha sido el crecimiento económico, el Gran Enriquecimiento, que elevó en un factor de treinta a los ingresos reales durante los dos últimos siglos. Miren de nuevo a la cifra: un factor de 30; o sea, de cerca de un 3.000 por ciento.”
Esta transformación de la condición humana es lenta, pero con seguridad está envolviendo al mundo. Es un avance que lleva consigo la posibilidad de que, antes del cierre del siglo XXI, se acabe con la pobreza humana en sus formas más deplorables. Aun así, al Capitalismo se le acusa casi que de cualquier cosa que el crítico encuentra intolerable en este planeta.
Uno de los temas candentes de nuestra época es el desafío de la desigualdad de ingreso y el hecho de que algunos son “ricos,” mientras que otros son “menos favorecidos” e incluso otros son “pobres.” El hecho es que el sistema de libre mercado competitivo ha hecho más que cualquier otro sistema por librar a la humanidad de las desigualdades “no naturales”.
Antes del capitalismo, “los pocos” saqueaban a “los muchos”
A través de la mayor parte de la historia humana, el poder político, el privilegio económico y el estatus social, han sido el resultado de la destreza física de la conquista y del control. En aquellas épocas tempranas, el saqueo de la producción de otros y su esclavitud eran los métodos para la posesión de los medios para la riqueza y el lujo. Realmente era el caso de que “los pocos” estaban en capacidad de gobernar sobre “los muchos” y vivir de lo que ellos producían ante la amenaza de la fuerza física.
Las supersticiones e ideologías burdas servían como racionalización complementaria a los sistemas de esclavitud y de servidumbre obligada. Reyes y príncipes, faraones y sacerdotes usaban herramientas psicológicas y culturales, para manipular las mentes de otros, a fin de que aceptaran la regla de los pocos sedientos de poder, como algo pre-ordenado e inevitable.
Esas eran sociedades con un persistente “uno por ciento,” que vivía y era ensalzado por encima del resto de la población. Por supuesto, según nuestros estándares de vida, los políticamente poderosos y privilegiados vivían una vida de una pobreza material inimaginable; aun así, sus vidas eran mejores que las de la mayoría de sus esclavos y sus súbditos. Sugeriría que muy pocos de nosotros desearíamos cambiar de lugar, sin importar cuán humilde sea nuestra posición económica actual, por las breves vidas de monarcas y nobles de hace tan sólo unos pocos cientos de años atrás.
Tales órdenes sociales, política y económicamente, estaban enraizados en desigualdades “no naturales,” basadas en el poder político y el privilegio. La mayoría de los individuos eran coercitivamente mantenidos en una posición de casta o de clase en sociedad, que no tenía nada que ver con las características innatas que podrían haberles permitido lograr una circunstancia mejor para ellos, si es que hubieran tenido la libertad de mejorar sus vidas por medio de la interacción pacífica y voluntaria con otros.
El capitalismo liberal trajo la libertad y el progreso
Todo esto empezó a cambiar con el surgimiento del liberalismo político y económico durante los siglos XVIII y XIX; el poder gubernamental fue crecientemente restringido. Surgió la idea de “los derechos del hombre,” bajo los cuales, aquellos que mantenían posiciones en el gobierno, serían “siervos” dedicados a la protección de los derechos individuales de cada ser humano.
Un nuevo ideal ganó influencia, aquel de igualdad ante la ley para todos. Este ideal se reflejó en las palabras de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos. Implicaba que, cuando cada individuo se levanta con derechos individuales iguales, con favores y privilegios políticos para nadie, cada persona estaba en libertad de tratar de encontrar su lugar en sociedad. Él o ella pueden, entonces, ascender hacia esa circunstancia diferente a la que sus inclinaciones le guían, en una libre y voluntaria asociación con otros, en donde también todos poseen los mismos derechos a su vida, libertad y propiedad.
Un número creciente de personas crecientemente era liberada de los controles del gobierno, que, hasta ese momento, entorpecían la libertad de comercio para beneficio de las élites.
Cada individuo se hacía más libre para proseguir sus propios intereses y propósitos, tal como él los definía. Sin embargo, las “reglas del juego” son tales que cada persona solo podía mejorar sus circunstancias, aplicando sus talentos y recursos particulares al servicio de otros, como medio para obtener un ingreso y mejorar su vida. Como lo dijo Adam Smith, como si fueran guiados por una “mano invisible,” cada individuo persigue sus propios intereses, determinando el marco institucional resultados que se van acumulando en la mutua y creciente mejoría material y cultural para todos.
La clase media emerge desde “los pobres”
Desde el siglo XIX y hasta el XX, surgió en la Europa moderna algo que era muy limitado durante los siglos precedentes: una “clase media.”
¿De dónde fue que provino esta clase media que emergía y crecía? Vino de las “clases inferiores,” de quienes, en épocas previas, eran sirvientes y esclavos de reyes, desde el fondo de la existencia económica. Con derechos seguros a la propiedad, impuestos relativamente bajos y una reducción de la regulación gubernamental del comercio, aquellos con un espíritu empresarial podían correr el riesgo abriendo y manejando empresas. El siglo XIX fue un gran período de innovación, experimentación industrial y producción en masa.
La libre empresa permitió que los ahorros fueran puestos a trabajar en la industria. Las inversiones de capital en nuevas y mejores formas de maquinaria requerían de más manos humanas para manejarlas, para producir un número y tipos crecientes de productos que estaban inundando al mercado. Creció la demanda de mano de obra; los trabajadores fueron atraídos por las ciudades, en donde las nuevas industrias estaban echando raíces, lejos de las antiguas formas de trabajo en los campos. Los salarios, lentamente pero con certeza, se elevaron en los centros industriales, permitiendo que un hombre o una mujer ganara un ingreso nunca antes imaginado en las áreas rurales, bajo los ojos de la nobleza terrateniente que tenía “señorío” sobre ellos.
Al aumentar los ingresos de un número creciente de personas, la necesidad de habilidades y de educación motivó que estos nuevos trabajadores industriales mejoraran sus talentos, Surgieron instituciones privadas para el aprendizaje, ofreciendo enseñar tanto el alfabetismo básico como el entrenamiento “mecánico,” en forma de lo que hoy llamamos escuelas vocacionales. El historiador económico E.G. West, en su libro Education and the State [La Educación y el Estado] (1965), estimó que, entre 1790 y 1830, entre dos terceras y tres cuartas partes de toda la población británica se había alfabetizado plenamente, por medio de escuelas privadas tanto con fines de lucro como sin ellos.
Eso, a su vez, generó la demanda de mercado de lo que se ha llegado a conocer en Gran Bretaña como “la prensa barata,” periódicos de poco precio, para saciar la sed creciente de conocimiento e información acerca de los acontecimientos mundiales, así como de los avances científicos y tecnológicos que estaban brotando en rápida sucesión, como hongos bajo una lluvia gentil.’
Las ganancias de inversiones en capital humano y físico
La demanda de trabajadores de parte de las empresas industriales y manufactureras durante el siglo XIX, elevó a los salarios de sus niveles rurales estancados. Las ganancias que esas empresas obtuvieron con la oferta de bienes, que esa fuerza de trabajo expandida deseaba en su papel como consumidores, generaron los medios financieros para aumentar la inversión en una maquinaria mejor.
La inversión en herramientas y equipo (el “capital” físico del mercado) provocó que hubiera una mayor productividad, lo cual reforzó el movimiento ascendente de los salarios. La productividad por hombre aumentó –aumentó de lo que el economista denomina “producto marginal del trabajo,” el incremento adicional de producción por cada trabajador adicional dentro de la empresa.
De esta forma, la formación de capital que estaba elevando la productividad del trabajo, así como las inversiones del trabajador en “capital humano” (el conocimiento, las aptitudes y las habilidades del empleado), se combinaron para sacar a más gente de la pobreza al aumentar la productividad del trabajador. De hecho, un número creciente de trabajadores industriales estaban compitiendo por empleos al haber una población creciente; pero, la formación de capital en un equipo mejor dio lugar a un aumento en la productividad de la mano de obra, a una tasa más rápida que el crecimiento de la fuerza de trabajo en edad de trabajar. El efecto neto fue elevar los salarios y reducir el “bache” entre los estándares de vida de los ricos, de la clase media en expansión y de los pobres.
En vez de pobreza versus abundancia, que separaba a “los muchos” de “los pocos,” durante los últimos doscientos años la distinción se ha reduciendo crecientemente, hacia grados de riqueza, confort y lujos entre la gente en la sociedad. Este ha sido el resultado que se ha ido acumulando del proceso competitivo dentro de la economía de mercado. El cuerno de la abundancia producido por la empresa privada, brinda una variedad amplia y creciente de bienes y servicios asequibles para todos, una gran igualación en la calidad y en el estándar de vida.
La desigualdad material del pasado versus una creciente igual disponibilidad para todos
Hace trescientos o cuatrocientos años, las facilidades de vivienda que separaban a la nobleza de los “plebeyos” eran castillos con sirvientes versus cabañas de paja que los ocupantes usualmente compartían con ganado. La reina Isabel I en el siglo XVI tenía un vestuario que consistía de unos pocos vestidos, mientras que la multitud tenía básicamente unos harapos heredados de los muertos a los vivos, que, con mucha frecuencia, portaban parásitos que podrían extender plagas.
Las dietas de los señores terratenientes estaban limitadas a lo que se sembrara o criara en sus fincas, mientras que los “arrendatarios,” que se encontraban atados a la tierra, comían una porción mucho menor de comidas monótonas, a menudo al borde de la inanición, dependiendo de la suerte con las estaciones. Tanto los nobles como los plebeyos raramente viajaban en el curso de sus vidas y ciertamente no más lejos de los confines estrechos de las regiones en que habían nacido.
En la actualidad, más en economías basadas en el mercado, las diferencias entre los ricos, la clase media y “los pobres,” a menudo descansan en cuántos cuartos hay en la casa o el apartamento de uno, usualmente con más de un televisor en la casa; todos los artefactos domésticos de la cocina tienen las mismas calidades y características básicas. La mayoría de los hogares posee uno o más carros para trasportar a los miembros de la familia adonde deseen ir.

Ahora viajar es una práctica frecuente, con cerca de 3.6 miles de millones de personas -un número que es casi la mitad de la población del mundo- en el 2016 que se trasladan alrededor del globo en aerolíneas comerciales. También, una enorme mayoría de la gente del mundo -ricos o pobres o aquellos que están en alguna parte de la mitad- tiene acceso a la Internet y a teléfonos celulares (excepto en donde gobiernos opresivos intentan interferir).
En sociedades ampliamente basadas en el mercado, una amplia variedad de comida está disponible dentro de un rango estrecho de precios para virtualmente todo mundo. Los ricos pueden verse en tiendas de descuento y supermercados, y la clase media y los pobres pueden ser vistos pasando por las cajas con carritos llenos de artículos, en tiendas de alimentos para los de un nivel superior. Todos tienen los mismos artículos a precios bastante razonables y asequibles, por parte de oferentes que provienen de todo el mundo, de forma que la disponibilidad estacional de varios bienes perecederos es casi una cosa del pasado.
La competencia en el mercado como el gran nivelador social positivo
El economista británico, William H. Hutt (1899-1988), señaló en Economists and the Public [El Economista y la Política] (1936), que,
“En efecto, para el economista que estudia la sociedad, prima facie la competencia parece ser la gran fuerza niveladora. Uno habría pensado que la carga de la prueba de que eso no era así, recaería sobre sus oponentes.”
A lo largo de unas pocas generaciones, el capitalismo competitivo ha elevado a un número vasto de personas al confort material y financiero, especialmente de aquellos quienes, de otra forma, habrían permanecido en las profundidades de la pobreza que había prevalecido por miles de años. Esto se ha dado mediante ingresos crecientes y por una reducción de los costos reales de los bienes y servicios que son llevados a las puertas de casi todo mundo en Occidente y, crecientemente, a más y más miles de millones de personas alrededor del mundo.
Esto ha sido posible en el grado en que las sociedades hayan sido básicamente libres, de forma que al asegurar los derechos individuales con una igualdad ante la ley, ha permitido que las desigualdades “naturales” entre la gente emerjan más plenamente. Dadas estas diferencias -herencia y circunstancias de nacimiento, inclinaciones y motivaciones para la mejora personal- implícitamente cada individuo trata de hacer lo mejor que pueda, en el contexto de su ventaja comparativa en la división del trabajo.

El proceso de mercado competitivo coloca los talentos, habilidades y el impulso de cada persona, al servicio de todos los demás. Aquellos que terminan en un lugar más modesto en el mercado, en términos de ingreso, se benefician con todos los éxitos de quienes les va financieramente “mejor” en el mercado, debido a que las recompensas financieras de estos últimos, dependen de la extensión con que hayan satisfecho los deseos y necesidades de otros en la sociedad.
Caridad privada y asistencia a aquellos menos favorecidos
Pero, ¿debe el potencial de un individuo desperdiciarse o ser menos satisfecho debido a las casualidades de nacimiento? Si tan sólo ese individuo hubiera nacido en una familia o un ambiente social diferente, él o ella podría haber sido capaz de lograr mucho más, tanto como contribuyente como un destinatario de todo lo que una economía de mercado puede ofrecer.
La ética de una sociedad libre y de un sistema económico capitalista se basa en el reconocimiento y la protección de los derechos individuales a la vida, la libertad y la propiedad adquirida honestamente, todo dentro de un orden social de asociación voluntaria y de acuerdos mutuos. La compulsión y la fuerza en las relaciones humanas son reducidas a un mínimo consistente con una sociedad pacífica de hombres libres.
Esto significa que la “mano amiga” para asistir al necesitado debe también basarse en la libre elección y de la voluntariedad. Esto no sólo es esencial para los principios de una sociedad libre, sino que también pone a trabajar las mismas ventajas de la competencia en “elevar” a los menos favorecidos.
La toma de decisiones descentralizadas y privadas acerca de la caridad, abre la puerta para tratar y experimentar métodos muy diferentes, mediante los cuales encontrar los resultados que más se desean en la ayuda hacia otros. En vez de delegar la tarea en un pequeño grupo de mentes en posiciones nombradas por el gobierno, que desplazan alternativas del sector privado, muchas mentes individuales trabajan en resolver esos “problemas sociales.”
Es más, en la arena del voluntariado, aquellos que organizan labores caritativas y filantrópicas dependen de las donaciones voluntarias de benefactores. Esto significa que las organizaciones de caridad y sus administradores deben demostrar sus éxitos con los dólares voluntarios que les fueron contribuidos, si es que las donaciones han de seguir viniendo en los meses y años por venir.
En las burocracias gubernamentales, la responsabilidad por el fracaso es difícil de determinar y, a pesar de ello, los ingresos basados en impuestos continúan fluyendo hacia lo interno, manteniendo un statu quo redistributivo fallido. En un sistema de caridad y filantropía del sector privado, es más fácil identificar el fracaso y los donantes pueden demostrar su desilusión retirando el apoyo y transfiriendo sus dólares voluntarios hacia algún otro lado, como forma para levantar a aquellos que se han quedado demasiado rezagados en la sociedad.
Para una población del mundo que crece dramáticamente, uno de los beneficios de un sistema económico capitalista es el gran escape de la pobreza. Derechos individuales iguales para todos permiten a cada uno aplicar sus habilidades desiguales en mejorarse, pero que resultan en mejoras materiales para un número creciente de personas. Las diferencias materiales entre la gente y los contrastes entre riqueza y pobreza, se están haciendo menos notorias, con un mayor confort, comodidad y oportunidad para todos.
Las economías de mercado han aportado exitosamente en la mejoría de la humanidad. Esto se destaca como una refutación de aquellos que condenan al sistema capitalista, con base en una interpretación equivocada de lo que realmente es una sociedad basada en el mercado.
FUENTE: http://www.miseshispano.org/2017/12/nuestros-antepasados-escaparon-de-una-pobreza-paralizante-debido-al-capitalismo/
DESDE MISES HISPANO

domingo, 10 de diciembre de 2017

Reforma laboral y cuarta revolución industrial

Las nuevas tecnologías están provocando profundas transformaciones en los procesos productivos. Una de las principales consecuencias es la masiva destrucción de empleos tradicionales y la generación de nuevos puestos de trabajo. La discusión por la reforma laboral debería estar menos centrada en el pasado y más en los desafíos futuros que plantean estos nuevos escenarios. 
A lo largo de su historia, la humanidad ha experimentado profundos cambios en la organización de la producción. En la última parte del siglo XVIII, la utilización de la energía de vapor y la mecanización produjeron la primera revolución industrial. Hacia finales del siglo XIX, la producción en masa basada en la electricidad y la división del trabajo generaron la segunda revolución industrial. En la segunda mitad del siglo XX, la electrónica y las tecnologías de la información generaron la tercera revolución industrial. Hoy se transita la cuarta revolución empujada por la robotización, la digitalización y la inteligencia artificial.  
En todos los casos se produjeron disrupciones con muchos empleos que desaparecieron y otros nuevos que se generaron con características diferentes. La particularidad de la situación actual y que se proyecta para los próximos años es la mayor velocidad con la que se propagan los cambios por el contexto de mayor globalización.
¿Están preparadas las instituciones laborales para estos desafíos? Según el Índice de Rigidez en el Empleo del Doing Business del Banco Mundial, la Argentina tiene un puntaje de 21 entre 0 y 100 donde a mayor valor implica mayor rigidez. Entre los países avanzados este mismo índice arroja las siguientes medidas de rigidez:
En Dinamarca es de 7 puntos sobre 100.
En Canadá es de 4 sobre 100.
En Australia es de 0 siendo el país de mayor fluidez en sus regulaciones laborales.
Estos datos muestran que países avanzados, con probada preocupación por la protección de los trabajadores y las buenas condiciones de trabajo, tienen reglas laborales que imprimen mucha más fluidez al empleo que la legislación argentina. En el Cono Sur, este mismo índice para Chile y Uruguay arroja un valor de 18 sobre 100 para ambos. Entre los países avanzados con instituciones laborales más rígidas aparecen Alemania y Francia con puntajes de 42 y 52, respectivamente. Por esta alta rigidez se proyecta que en estos países las nuevas tecnologías se aplicarán con mayor velocidad y profundidad generando más rápida destrucción de empleos tradicionales.
Como ocurrió con las anteriores, la cuarta revolución industrial tampoco implicará el fin del empleo.Esto es así porque en paralelo con la destrucción de determinadas tipologías de ocupaciones, la robotización, la digitalización y la inteligencia artificial producen un enorme aumento de la productividad, con ello, crecimiento de los ingresos y, asociado, una masiva generación de nuevos empleos. Los robots y las computadoras pueden hacer una gran cantidad de actividades que hasta ahora venían haciendo los humanos. Pero en paralelo se generarán nuevas demandas en actividades que necesitan exclusivamente la intervención humana. Estos son los empleos que requieren sensibilidad, calidez, empatía, humor, sociabilización, liderazgo y, obviamente, capacidades tecnológicas.
La discusión sobre la reforma laboral debería tomar como eje los desafíos que plantea este cambio tecnológico disruptivo. Enumerar cuántos “derechos laborales” se pierden respecto a la legislación vigente es inconducente ya que más temprano que tarde las nuevas tecnologías los van a aniquilar sin miramientos. Por el contrario, la vía más efectiva para promover protección y mejor calidad de vida es canalizar energías en modernizar las instituciones laborales a fin de que el tránsito de los trabajadores hacia los nuevos empleos sea más fluido y menos traumático. Hay que innovar en las figuras legales para facilitar el trabajo bajo los nuevos entornos tecnológicos, desburocratizar y establecer mecanismos que no traben la salida de los trabajadores de los empleos en extinción sino que los protejan en la transición y los apoyen en la búsqueda de los nuevos empleos.
Pretender frenar los efectos de las nuevas tecnologías aferrándose a una legislación laboral vetusta es una salida cómoda desde lo político, pero socialmente dañina. Frente a la inevitable destrucción de muchos empleos tradicionales por las nuevas tecnologías, la reforma laboral es la oportunidad para hacer menos traumático este proceso y más rápida la generación de nuevas oportunidades. 
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El Concepto de Persona e Individuo en el Pensamiento Liberal: Algunas Implicancias para la Política Económica. Por el Dr. Alejandro A. Chafuen

Los invito a leer el ensayo sobre el Concepto de Persona e Individuo en el mundo liberal escrito por el Dr Alejandro Antonio Chafuen, Presidente de Atlas Network.


https://www.academia.edu/35393831/El_Concepto_de_Persona_e_Individuo_en_el_Pensamiento_Liberal_Algunas_Implicancias_para_la_Pol%C3%ADtica_Econ%C3%B3mica?auto=download

UN COMENTARIO AL DISCURSO DE BENEDICTO XVI SOBRE EL VATICANO II (de un libro mío de próxima aparición). Por el Dr Gabriel Zanotti

Resultado de imagen para gabriel zanottia) El discurso del 22-5-2005
a. 1. El discurso en sí mismo.
Benedicto XVI fue el pontífice de mayor importancia en toda la historia que estamos interpretando y reseñando. Habiendo sido perito del Vaticano II habiendo influído èl mismo en varios documentos, entre ellos Gauduim et spes, era el candidato ideal para poner orden en estos temas, y lo hizo. Porque sobre las denuncias al Vaticano II como contrario a la Iglesia pre-conciliar, había un peculiar silencio, que sólo fue cortado por Benedicto XVI. Y no fue casualidad. Era un eximio teólogo, uno de los mejores del s. XX, de orientación agustinista, y con un claro convencimiento de la recta relación entre razón y fe como clave de la re-orientación del Catolicismo a principios del s. XXI. Y lo hizo.
Su discurso del 22 de Diciembre del 2005, a la Curia, encara directamente el problema del Vaticano II y su supuesta dicotomía entre reforma “o” continuidad. Ese discurso conforma el trípode programático de su pontificado. Lo segundo es su discurso en Ratisbona y lo tercero es su conjunto de tres encíclicas, cada una dedicada a las tres virtudes teologales: la Caridad (Deus est caritas) la esperanza (Spes salvi) y la Fe (Lumen fidei, esta última firmada por Francisco).
El discurso no tiene un título oficial, pero se lo puede calificar como el discurso de la “reforma y continuidad” del Vaticano II. Es la posición superadora de la dicotomía de un Vaticano II como enfrentado totalmente al Magisterio anterior. O sea, el Vaticano II ha reformado en lo contingente y ha sido una continuidad en lo esencial.
Benedicto XVI va directamente al punto: “…el Concilio debía determinar de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna”[1].
Y, resumiendo de manera magnífica todo lo que hemos visto sobre Modernidad, Iluminismo y el magisterio del s. XIX, sigue:
“…Esta relación tuvo un inicio muy problemático con el proceso a Galileo. Luego se rompió totalmente cuando Kant definió la "religión dentro de la razón pura" y cuando, en la fase radical de la revolución francesa, se difundió una imagen del Estado y del hombre que prácticamente no quería conceder espacio alguno a la Iglesia y a la fe. El enfrentamiento de la fe de la Iglesia con un liberalismo radical y también con unas ciencias naturales que pretendían abarcar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus confines, proponiéndose tercamente hacer superflua la "hipótesis Dios", había provocado en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte de la Iglesia, ásperas y radicales condenas de ese espíritu de la edad moderna. Así pues, aparentemente no había ningún ámbito abierto a un entendimiento positivo y fructuoso, y también eran drásticos los rechazos por parte de los que se sentían representantes de la edad moderna” (las itálicas son nuestras).
Pero entonces comienza a distinguir entre Iluminismo y Modernidad: “…Sin embargo, mientras tanto, incluso la edad moderna había evolucionado”. Y reseña dos cuestiones que tienen todo que ver con la sana laicidad de los EEUU, con una ciencia que no se ve como enemiga de la Fe, y con la reconstrucción europera de la post-guerra, animada por esa laicidad cristiana:
“…La gente se daba cuenta[2] de que la revolución americana había ofrecido un modelo de Estado moderno diverso del que fomentaban las tendencias radicales surgidas en la segunda fase de la revolución francesa. Las ciencias naturales comenzaban a reflexionar, cada vez más claramente, sobre su propio límite[3], impuesto por su mismo método que, aunque realizaba cosas grandiosas, no era capaz de comprender la totalidad de la realidad. Así, ambas partes comenzaron a abrirse progresivamente la una a la otra. En el período entre las dos guerras mundiales, y más aún después de la segunda guerra mundial, hombres de Estado católicos habían demostrado que puede existir un Estado moderno laico, que no es neutro con respecto a los valores, sino que vive tomando de las grandes fuentes éticas abiertas por el cristianismo”. (Las negritas son nuestras).
Más claro y más coherente con todo lo que hemos expresado, imposible.
Por ende, sigue BXVI, esto implicaba que en la década del 60 la Iglesia debía afrontar tres grandes preguntas[4]:
- “…Ante todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre la fe y las ciencias modernas”;
- “…En segundo lugar, había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno”;
- “…En tercer lugar, con eso estaba relacionado de modo más general el problema de la tolerancia religiosa”[5]
El Vaticano II fue, por ende, una respuesta a estas preguntas; una respuesta que NO contradecía al magisterio anterior en lo esencial de la Fe pero que reformaba dentro de lo que NO la contradijera.
Esto surge del siguiente párrafo: “…Todos estos temas tienen un gran alcance —eran los grandes temas de la segunda parte del Concilio— y no nos es posible reflexionar más ampliamente sobre ellos en este contexto. Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema,podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios; este hecho fácilmente escapa a la primera percepción” (las itálicas son nuestras). O sea, se reconoce que hay cierta discontinuidad, pero “…hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias”, el resultado es que NO se abandona la continuidad con los principios esenciales e irrenunciables de la Fe incluso a nivel social.
Y entonces BXVI pasa a explicar cómo.
Ante todo aclara el principio hermenéutico fundamental: “…en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma”.
¿Qué son las “cosas contingentes”? Justamente las aplicaciones históricas de principios que “en sí mismos” son universales.
Veamos: “…En este proceso de novedad en la continuidad debíamos aprender a captar más concretamente que antes que las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes —por ejemplo, ciertas formas concretas de liberalismo o de interpretación liberal de la Biblia—necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable. Era necesario aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo los principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y motivando la decisión desde dentro. 
En cambio, no son igualmente permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios. Así,las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar”. Muy interesante es que BXVI no se refiere sólo a los principios más universales sino a las decisiones, que están motivadas desde un fondo NO contingente, pero a la vez, en su aplicación a la circunstancia tienen su margen de contingencia.
Ya hemos visto que da un ejemplo que a efectos de este libro es esencial: el juicio del magisterio sobre “ciertas formas concretas de liberalismo”. Pero luego BXVI dedica un largo párrafo al ejemplo más significatuivo e importante de todo esto: la libertad religiosa. Veámoslo in totum. No tiene desperdicio.
“…Por ejemplo, si la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad. 
Por el contrario, algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción. 
El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.” (las itálicas y las negritas son nuestras).
Esto es, si la libertad religiosa es indiferentismo, entonces es inaceptable siempre; si es consecuencia, en cambio, de la libertad del acto de fe, entonces el Vaticano II (aquí está lo audaz de BXVI) “recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia”. Y es interesante que diga “haciendo suyo un principio esencial del estado moderno”, porque esa modernidad se dio, por un lado, históricamente desde fuera de la Iglesia; pero por el otro, era un principio intrínseco del Judeo-cristianismo por el cual lucharon desde dentro los liberales católicos del s. XIX.
Pero entonces BXVI está diciendo que hay una tradición fundante, verdadera, más allá de la así llamada tradición por quienes sólo quieren condenar a todo el Vaticano II en nombre del Syllabus. Esa tradición es la de la Iglesia antigua:
“…La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia” (las itálicas son nuestras).
a.2. La enseñanza de todo esto en relación a lo opinable.
Pero alguien podría decir que no, que esto no aclara las cosas. ¿Cuál es, finalmente, el elemento “contingente” que el Magisterio pre-conciliar había afirmado y que por ende se puede reformar sin contradicción con la Fe?
Varias veces hemos dicho[6] –y volveremos a ello después- que hay elementos esencialmente opinables en relación a la Fe en los temas sociales. Esos elementos son, a) la aplicación prudencial de principios universales a la circunstancia histórica concreta, b) el estado de las ciencias sociales en determinado momento histórico; c) la evaluación de determinado momento histórico a la luz de las teorías anteriores.
Pues bien: estas distinciones están lejos de estar claras en los textos del Magisterio, y ello ha producido no sólo la devaluación de la autoridad del Magisterio pontificio[7], sino innumerables problemas de conciencia y divisiones dentro de los católicos que se podrían haber evitado.
Es por esto que en su momento puse cuidado en incorporar la categoría de “acompañamiento” magisterial a ciertas cuestiones temporales, para que ciertos tradicionalistas fueran justamente tratados en su libertad de opinión intra-eclesial con respecto a sistemas no democráticos de gobierno y-o no constitucionales o republicanos.
Ojalá alguno de ellos, alguna vez, hubiera hecho o hiciera lo mismo con nosotros[8].
Muchos han diferido con este diagnóstico, no porque no lo compartan, sino porque aún reconociendo el problema lo guardan en el cajoncito de “de esto no se habla”.
Pero hay que hablar, porque en este tema de la libertad religiosa, y en todo el problema del magisterio pre y post-conciliar sobre relaciones entre Iglesia y estado, tenemos un trágico ejemplo –que ya ha implicado un cisma- de lo que ha significado en el Magisterio la mezcla, sin distinguir, de lo esencial con lo prudencial.
El magisterio del s. XIX tenía todo el derecho, en materia no opinable, a rechazar al Iluminismo y a los regímenes napoleónicos y parecidos. De igual modo que el Magisterio del s. XX tenía y tuvo todo el derecho, en materia no opinable, de rechazar a los totalistarismos del s. XX.
Pero ello es máximamente tema no opinable: porque forma parte de la función negativa de la Fe: advertir de lo que va en contra de la Fe.
Las afirmaciones positivas, en cambio –igual que en filosofía- entran en un grado mayor de opinabilidad.
Si el Magisterio del s. XIX rechazó al iluminismo napoleónico, y bien hecho, las opciones “afirmativas” sobre las formas de gobierno y el régimen político eran, en cambio, más opinables.
¿Y no era lo que había establecido claramente León XIII?
Si, al afirmar la libertad de opción del católico sobre las tres formas clásicas de gobierno. 
Pero los reinos pontificios se hallaban, sin embargo, en un régimen político que fue heredado de Constantino, luego del Sacro Imperio, y luego de las monarquías absolutas europeas. Ese régimen consistía en la unión jurídica entre ciudadanía, como pertenencia al régimen, y religión profesada[9].
Los estados pontificios podían “tolerar” perfectamente, en nombre de la libertad del acto de Fe, que un visitante extranjero profesara privadamente su culto. Pero no podía ser ciudadano si no se bautizaba y obviamente no podía predicar libremente su Fe.
O sea, ser ciudadano y ser bautizado era lo mismo.
La pregunta clave es: ¿es ello un dogma de Fe, o, si no, un principio esencial de la ética social católica, de derecho natural primario, que deba ser afirmado con la certeza que la Veritatis splendor atribuye a los principios morales negativos, que no admiten excepción, en contra de una moral de situación[10]?
Obviamente, no. ¿De dónde podríamos inferir que esa herencia del Imperio Romano es esencial a la Fe Catòlica?
Pero tampoco es un dogma de fe, ni tampoco un principio esencial de derecho natural secundario, la democracia constitucional, en cuyo contexto, el derecho de libertad religiosa, como el Vaticano II lo define, encaja perfectamente.
En realidad, el principio fundamental, esencial, atemporal, es la libertad del acto de Fe. Esa libertad se convierte en el derecho a la libertad del acto de Fe y, en ese sentido, en un derecho a la libertad religiosa definido de manera atemporal.
Pero apenas entran las circunstancias históricas, la aplicación de ese princpio es analógica y entra en el ámbito de lo opinable[11].
En realidad, podríamos decir que la libertad del acto de Fe es la tesis, mientras que sus diversas aplicaciones histórias son en hipótesis y opinables.
En ese sentido, tan opinable era la fórmula de los estados pontificios como los sistemas democrático-constitionales actuales donde se corta con la igualdad entre bautismo y ciudadanía.
Lo que Gregorio XVI y Pío IX hicieron, sin darse cuenta, es imponer el régimen político de los estados pontificios como cuasi-dogma. Lo que deberían haber hecho era dejar a los laicos de los estados pontificios que propusieran las reformas que consideraran necesarias y NO condenar sin nombrarlos a los liberales católicos del s. XIX. Eso es pedirles mucho a su circunstancia personal e histórica, pero es una enseñanza para los debates sociales actuales donde laicos y jerarquía se hallan inmersos, y que retrospectivamente, quedarán igual.
Lo que siempre es inmoral es imponer la Fe por la fuerza. La praxis de la Iglesia nunca fue fiel a la libertad del acto de Fe, cuestión por la cual ha habido un pedido de perdón por parte de Juan Pablo II[12].
La Dignitatis humane, al afirmar el derecho a la libertad religiosa que toda persona tiene por su dignidad –y NO por la dignidad de ser bautizado, sino por estar creado a imagen y semejanza de Dios- corta con la necesidad dogmática de formas de régimen político donde bautismo sea igual a ciudadanía, pero al mismo tiempo se podría inferir que tampoco excluye una confesionalidad formal fuerte, dado que habla de “los límites debidos dentro de las circunstancias de lugares y tiempos”. Una mejor aclaración de esta cuestión, y no sólo la voluntarista afirmación de la no contradicción con el magisterio anterior, hubiera ayudado enormemente[13]
Si no fuera por todo esto, la aclaración de Benedicto XVI, sobre lo contingente y lo esencial en temas de Iglesia y estado y en temas de libertad religiosa no tendría sentido. Porque NO está en debate ni la libertad del acto de Fe NI la necesaria confesionalidad, ya formal, ya sustancial, del gobierno temporal, sino la relación necesaria entre bautismo y ciudadanía como cuasi-dogma, y el derecho a practicar libremente las exigencias de la conciencia en materia religiosa SIN la coacción del gobierno. Ello es “en sí” compatible (aunque muy difícil) con un régimen de cristiandad medieval que tolerara la libertad del acto de fe de los “extranjeros”, cosa que hubiera evolucionado hacia formas de gobierno más adaptables a repúblicas de inspiración cristiana donde los no cristianos hubieran comenzado a ser reconocidos como ciudadanos. Ese hubiera sido tal vez el universo paralelo que pedían Lacordaire y Montalembert y de lo cual parecía estar convencido el primer Pío IX. La libertad religiosa ya había fermendado en la Segunda Escolástica y, con una visión más amplia, hubiera salido del seno mismo de transformaciones intrínsecas de los estados pontificios. Por lo demás, es interesante que la transformación evolutiva del antiguo régimen al mundo moderno coincida con la mayor concierncia del derecho a la libertad religiosa, que no de casualidad los escolásticos españoles comenzaron a reclamar a su propia corona, y es muy interesante que la evolución del mercado conincidiera con esta mayor toma de conciencia de la libertad religiosa[14].
Sobre la base de lo anterior, se podría invitar a los actuales partidarios de Lefevbre a considerar al derecho a la libertad religiosa como el derecho a la libertad del acto de fe, en tesis, y que tanto la necesaria relación entre bautismo y ciudadaníacomo la necesaria relación entre democracia constitucional y la libertad del acto de Fe son ambas circunstancias históricas opinables que NO pueden ser presentadas como cuasi-dogmáticas. Y que corresponde a los laicos, y no a los pontífices, debatir libremente la conveniencia de una u otra cosa según las circunstancias históricas, como así también la extensión y límites de lo “público” en la libertad del acto de Fe. En este universo paralelo, ni la Mirari vos ni la Quanta curahubieran sido necesarias en sus propuestas positivas ni tampoco una Dignitatis humanae que dejara sin aclarar –más allá de una proposición voluntarista[15]- su no contradicciçon con el magisterio anterior.
Coherentemente con lo anterior, yo, en mi estado laical, opino que la relación entre Fe y autoridad temporal que ha atravesado durante casi 17 siglos a los católicos ha sido y será siempre una peligrosa tentación. El que mejor lo ha expresado, de modo conmovedor, es el Cardenal Ratzinger: “…“Celso [el gran enemigo de los cristianos en el siglo III] se burlaba de la pretendida salvación de los cristianos preguntándoles qué es lo que había logrado Cristo. El mismo contestaba que no había logrado nada, porque todo en el mundo seguía igual que antes. Si Cristo hubiera pretendido una verdadera liberación, habría tenido que fundar un Estado, habría tenido que realizar políticamente esa libertad. Esta objeción tenía suma incidencia en un tiempo en que el Imperio romano –gobernado por emperadores cada vez más despóticos– iba aumentando continuamente su poder opresivo. Fue Orígenes el que mejor expresó la respuesta de los cristianos a esta objeción. El se preguntaba qué habría sucedido realmente si Cristo hubiera fundado un Estado.Pues bien: este Estado habría tenido que aceptar sus límites, y entonces sus ventajas habrían alcanzado solamente a unos pocos; o habría tenido que intentar extenderse y habría tenido que recurrir a la violencia, y de este modo se habría hecho semejante a los otros Estados. Por otra parte, sus límites podían ser amenazados por enemigos envidiosos, y de nuevo habría tenido que recurrir a la violencia. Un Estado sería una solución para pocos, y una solución problemática. No, un Salvador tenía que hacer algo totalmente distinto. Tenía que fundar una sociedad que pudiese perdurar para siempre; tenía que establecer una forma de convivencia, un espacio de verdad y de libertad que no estuviese vinculado a ningún ordenamiento estatal determinado, pero que pudiera realizarse en cualquiera de ellos. En una palabra: tenía que fundar una Iglesia, y eso es precisamente lo que hizo…”[16]
Todo esto es una enseñanza, y una enseñanza grave y dolorosa, sobre el costo de NO respetar el ámbito de lo opinable. Esto sigue sucediendo en otros temas. Volveremos más tarde a esta cuestión.
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Referencias
[2] La verdad, no sabemos qué gente. EL, Benedicto XVI, sí se dio cuenta.
[3] Evidentemente Benedicto XVI está al tanto de los debates epistemológicos del s. XX posteriores al neopositivismo.
[4] Qué homenaje para un pontífice cuando un simple comentador, como es nuestro caso, no tiene que hacer magia hermenéutica para explicar “lo que quiso decir….”.
[5] Este es el contexto completo de las tres preguntas: “…Se podría decir que ahora, en la hora del Vaticano II, se habían formado tres círculos de preguntas, que esperaban una respuesta. Ante todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre la fe y las ciencias modernas; por lo demás, eso no sólo afectaba a las ciencias naturales, sino también a la ciencia histórica, porque, en cierta escuela, el método histórico-crítico reclamaba para sí la última palabra en la interpretación de la Biblia y, pretendiendo la plena exclusividad para su comprensión de las sagradas Escrituras, se oponía en puntos importantes a la interpretación que la fe de la Iglesia había elaborado. 
En segundo lugar, había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno, que concedía espacio a ciudadanos de varias religiones e ideologías, comportándose con estas religiones de modo imparcial y asumiendo simplemente la responsabilidad de una convivencia ordenada y tolerante entre los ciudadanos y de su libertad de practicar su religión.
En tercer lugar, con eso estaba relacionado de modo más general el problema de la tolerancia religiosa, una cuestión que exigía una nueva definición de la relación entre la fe cristiana y las religiones del mundo. En particular, ante los recientes crímenes del régimen nacionalsocialista y, en general, con una mirada retrospectiva sobre una larga historia difícil, resultaba necesario valorar y definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la fe de Israel”.
[6] “La temporalización de la Fe”, en el libro Cristianismo, Sociedad Libre y Opción por los pobres, Centro de Estudios Públicos, Santiago de Chile, 1988; “Reflexiones sobre cuestiones obvias”, en El Derecho, del 29/1/93; “Jacques Maritain: su pensamiento político y su relevancia actual”, op.cit.; SOBRE LO OPINABLE EN LA IGLESIA, UNA VEZ MÁS, en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2010/06/sobre-lo-opinable-en-la-iglesia-una-vez.html
[7] Lo hemos dicho en Zanotti, G.J: La devaluación del magisterio pontificio, enhttp://institutoacton.org/2016/04/12/la-devaluacion-del-magisterio-pontificio-gabriel-zanotti/
[8] Conozco sólo uno: Fernando Romero Moreno.
[9] Dice Rhonheimer: “La Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa, disuelve el nexo entre derecho a la libertad religiosa –libertad de conciencia, libertad de culto– y verdad. Se trata de una separación a nivel jurídico y político que no implica la no existencia de ninguna verdad religiosa o que todas las religiones sean equivalentes. Se trata de una postura de indiferencia política –del Estado– y no de una indiferencia total, ni de un “indiferentismo” teológico. Con su doctrina sobre el derecho a la libertad religiosa, la Iglesia reconoce, pues, la laicidad del Estado como separación institucional entre religión y política.” Rhonheimer, Martin, op.cit. Cristianismo y laicidad. Historia y actualidad de una relación compleja, Madrid, Rialp, 2009, p. 109. Agradecemos a Mario Silar esta referencia.
[10] Es interesante que, actualmente, muchos de los católicos que niegan implícitamente estas enseñanzas de la Veritaris splendor, mostrándose por ende MUY amplios en todos los temas, sin embargo descargan todo el peso de su dogmatismo en temas económico-sociales…
[11] Finalmente, esto es lo que ya decíamos en 1988 en nuestro art. Reflexiones sobre la encíclica “Libertas” de León XIII (op.cit): “…Pero alguien podría objetar: el problema no es la libertad del acto de Fe, sino que el Concilio dice que el derecho a la libertad religiosa implica actuar conforme con la conciencia en privado y en publico, y es este ultimo "...y en publico" lo negado por la Libertas y todo el Magistrado preconciliar. Pero esto es para nosotros una falsa dialéctica. En la manifestación de una fe religiosa, lo privado y lo público no es fácilmente escindible. La naturaleza humana tiene una dimensión social y publica del fenómeno religioso, inherente al mismo. Esa manifestación pública no puede ser violada so pena de coaccionar también sus manifestaciones privadas y atentar de ese modo, directa o indirectamente, contra la libertad del acto de fe. Ahora bien: reconocida una dimensión pública inherente a la libertad del acto de fe, la clave de la cuestión es que no se puede determinar de una vez y para siempre el grado, en la ley humana positiva, de esa dimensión pública. Par eso el Vaticano II dice "...dentro de los limites debidos". Pero esos limites son cambiantes según diversas circunstancias, donde entra la prudencia política, y la tolerancia de la qua hablaba León XIII -que también se aplica a la libertad del acto de fe- en la ley humana positiva, que por definición no prohíbe todo lo prohibido por la ley natural (12). Este es un terreno donde entran las diversas circunstancias históricas y lo que nosotros llamamos "los cuatro ámbitos de lo opinable"(13), donde el Magisterio no puede definir de una vez y para siempre. Dice Santo Tomás: "...no todos los principios comunes de la ley natural pueden aplicarse de igual manera a todos los hombres, por la gran variedad de circunstancias. Y de ahí provienen las diversas leyes positivas según los distintos pueblos" (14). Luego, es evidente que si el grado de "manifestación publica" otorgado por León XIII a la libertad del acto de fe es distinto -o sea, mas restrictivo- que el grado que se observa en el documento del Vaticano II, esa diferencia de grado se explica por las diversas circunstancias que influyen en ambos documentos, y la evolución del derecho natural a la luz de dichas circunstancias. Pero esos son elementos contingentes, que no afectan al depositum fidei ni a los principios morales fundamentales”
[13] A su vez, se podría decir que hubiera implicado todo otro universo paralelo que Pío XII, al terminar su documento sobre Comunidad internacional y tolerancia, de 1954 –al cual, como se ha visto, le hemos dedicado mucha atención- hubiera concluido diciendo “…Por lo tanto, el derecho a la libertad religiosa, tanto como está reconocido en las constituciones europeas de la post-guerra, y en la Primera Enmienda de la Constitución de los EEUU, en las presentes circunstancias históricas, no es contradictorio con la Fe”. Habría que ver si en ese caso la Dignitatis humanae hubiera tenido la necesidad de ser redactada…
[14] Un tema que se le ha escapado por completo a K. Polanyi en su clásico libroEl sustento del hombre, Autor-Editor, Madrid, 2009.
[15] “…Ahora bien, puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”. Esto elude el problema, porque el deber del que hablaban Gregorio XVI y Pío IX no era solamente moral, sino civil.
[16] Ratzinger, J., Iglesia, ecumenismo y política, citado por Jorge Velarde Rosso en Límites de la democracia pluralista. Aproximación al pensamiento de Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Instituto Acton, Buenos Aires, 2013, p. 161. Las itálicas son nuestras.
FUENTE: http://gzanotti.blogspot.com.ar/
Publicado con la autorización de su autor

sábado, 9 de diciembre de 2017

Progreso: el mundo nunca ha sido un lugar mejor. Por Ignacio Moncada

Imagen de Ignacio Moncada
Es habitual pensar que el mundo va a peor. De acuerdo con una encuesta realizada en Reino Unido en 2015, un 71% de las personas consideraban que el mundo iba claramente a peor y sólo un 5% creían que iba a mejor. A todas horas nos bombardean con noticias negativas, todos los medios nos repiten que la situación actual es desastrosa y que no hace sino empeorar. A diario leemos que los pobres cada vez son más pobres, que el hambre aumenta, que nuestras condiciones de sanidad y educación empeoran, que cada vez hay menos libertad y más desigualdad, y que el mundo es un lugar cada vez más violento y peligroso. De manera constante se transmite a la población el mensaje de que, como escribió Jorge Manrique, cualquier tiempo pasado fue mejor.
Y, sin embargo, la tan repetida idea de que cada vez estamos peor es absolutamente falsa. El autor sueco Johan Norberg lo demuestra en detalle en su último libro: Progreso: 10 razones para mirar al futuro con optimismo. Con la publicación de este imprescindible libro, traducido por Diego Sánchez de la Cruz y prologado por Juan Ramón Rallo, arranca la nueva colección de ensayo político lanzada por Ediciones Deusto con la colaboración del Instituto Juan de Mariana y Value School. Qué mejor manera de empezar este proyecto intelectual que refutando de manera inequívoca la visión sombría y pesimista del mundo que actualmente domina la sociedad.
Johan Norberg desde el principio deja claro el mensaje central de su libro: “La gran noticia de nuestro tiempo es que somos testigos de una mejora sin precedentes en los niveles de vida de la población mundial”. Durante los últimos dos siglos, y de manera acelerada durante las últimas décadas, la humanidad ha vivido un aumento exponencial del nivel de riqueza y prosperidad. La renta per cápita en el mundo sencillamente se ha disparado y un nivel de bienestar hasta ahora desconocido se va extendiendo por todo el planeta.
Este aumento de la prosperidad ha logrado que la pobreza en el mundo se reduzca de manera espectacular. Se estima que a principios del siglo XIX aproximadamente el 94% de la población mundial vivía con menos del equivalente actual de 1,9 dólares al día, lo que ahora consideramos pobreza extrema. En 1980 la población que vivía en esas condiciones se había reducido hasta el 44%. En la actualidad, la población en situación de pobreza extrema es menor, por primera vez en la Historia, del 10% de la población mundial. La reducción de la pobreza ha sido tan intensa que pese a que la población mundial ha aumentado en dos mil millones de personas durante los últimos 25 años, el número de pobres ha caído incluso en cifras absolutas.
Este aumento de la prosperidad económica y reducción de la pobreza, como demuestra Norberg, se materializa en una mejora en la calidad de vida de las personas. Por ejemplo, la humanidad avanza hacia la erradicación del hambre: la desnutrición, un problema que antiguamente afectaba a la inmensa mayoría de la población, en 1950 había caído hasta el 50% y en la actualidad se ha desplomado hasta el 10% de la población. De manera similar, el porcentaje de la población mundial con acceso a fuentes de agua potable ha aumentado de manera espectacular: del 52% en 1980 hasta el 91% en 2015.
La mejora sin precedentes de la alimentación, las condiciones sanitarias y el avance de la medicina y los medicamentos han permitido que la esperanza de vida al nacer se dispare desde apenas 30 años a finales del siglo XIX hasta los más de 70 años en la actualidad. Cada vez menos personas fallecen debido a hambrunas, pandemias e infecciones, y más por afecciones típicas en las personas longevas: cáncer, enfermedades cardiovasculares o degenerativas. La mortalidad infantil ha caído desde el 15,4% en 1960 hasta el 3,5% y el analfabetismo desde el 90% a principios del siglo XIX hasta menos del 10% hoy. Además, cada vez menos personas en el mundo mueren por causa de la violencia: las guerras, las matanzas, las ejecuciones y los homicidios que ocurren en el siglo XXI son comparativamente despreciables frente a lo que ha sido la norma a lo largo de la Historia.
Muchos tendrán la tentación de pensar que este aumento de la prosperidad se ha producido a costa de destruir el medioambiente y agotar los recursos naturales. Sin embargo, Norberg dedica todo un capítulo a describir cómo el mundo también ha progresado en este aspecto. A medida que la sociedad se enriquece, la protección del medioambiente y la sostenibilidad cobra importancia para las personas, y se tienden a poner cada vez más medios para lograrlo. Por ejemplo, la contaminación atmosférica en Reino Unido ha mejorado en más de un 60% desde 1970 hasta hoy. Los vertidos de petróleo al océano se han reducido de forma dramática, la contaminación en ríos y lagos disminuye, y la deforestación se ha detenido por completo en los países desarrollados o en China y se reduce en países como Brasil.
Además, todos los pronósticos catastrofistas sobre el agotamiento de los recursos naturales han sido refutados por la realidad. La innovación y la mejora de la productividad permiten que cada vez podamos hacer más con menos. El precio de las materias primas, lejos de dispararse, tiende a caer en el largo plazo: entre 1871 y 2010 se redujo en torno a un 50%. Norberg afirma que los principales problemas ambientales en la actualidad no ocurren como consecuencia de la riqueza de los países desarrollados, sino que se concentran en los países en vías de desarrollo: a medida que su riqueza, eficiencia y nivel tecnológico siga aumentando, experimentarán la mejoría medioambiental que ya están viviendo los países ricos.
Este extraordinario aumento de la prosperidad no sólo tiene consecuencias en el plano estrictamente económico. Las libertades individuales y la igualdad frente a la ley de la población mundial también aumentan. La lacra de la esclavitud, que hace sólo dos siglos afectaba a más del 60% de la población, ha caído prácticamente al 0%. Los trabajos forzados, la trata de personas o los matrimonios forzados también retroceden. En materia de igualdad ante la ley de minorías étnicas, mujeres u homosexuales, el mundo ha avanzado más durante las últimas décadas que en todos los siglos anteriores.
El uso arbitrario del poder estatal cada vez está más limitado y los países con gobiernos totalitarios o represores afortunadamente también son cada vez menos frecuentes. La libertad de expresión, de culto y los derechos civiles son cada vez mayores. Incluso la libertad económica, aunque a los liberales nos pueda parecer lo contrario, también avanza: por ejemplo, el índice de libertad económica que elabora el Fraser Institute señala que la nota a nivel mundial ha subido desde un 5,3 sobre 10 en 1980 hasta un 6,9 en 2013. Este hecho, por supuesto, no es una casualidad. Johan Norberg concluye que el aumento de las libertades es el principal responsable del espectacular aumento de la prosperidad y de bienestar que el mundo ha vivido durante las últimas décadas.
Que el mundo haya progresado tanto no significa que debamos caer en la complacencia: el mundo mejora, pero todavía siguen existiendo muchos problemas y sufrimiento. La clave está en comprender que la prosperidad llega como consecuencia de la extensión de las libertades individuales y los derechos de propiedad. El progreso jamás está garantizado. Los populistas y los enemigos de la libertad intentan de manera permanente socavar las instituciones que han hecho posible este espectacular progreso. Esperemos que este fantástico libro de Johan Norberg contribuya a extender la idea de que la libertad es la infalible receta para la prosperidad. Como dice el autor, existen sobrados motivos para mirar al futuro con optimismo.
FUENTE: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/progreso-el-mundo-nunca-ha-sido-un-lugar-mejor

Futuros Tsunamis. Por Enrique Guillermo Avogadro

clip_image002“Del triunfo al fracaso no hay más que un paso. Lo he visto en los asuntos más importantes, un pequeño detalle siempre ha decidido los grandes acontecimientos”.
Napoleón Bonaparte

Como era previsible, al menos para quienes conocemos a los magistrados de Comodoro Py, el Juez Claudio Bonadío se desmarcó de sus pares para desatar una tormenta política cuyas consecuencias aún resultan difíciles de prever, toda vez que puede afectar las expectativas legislativas del Gobierno y, sobre todo, al interior del peronismo.
Mauricio Macri espera (¿esperaba?) contar con un gran paquete de leyes antes de fin de año, incluyendo el presupuesto 2018, la reforma fiscal, la modificación del sistema de cálculo de las actualizaciones previsionales, etc.; y el pedido de desafuero y detención de Cristina Elisabet Fernández, Senadora electa, por traición a la Patria, impactó directamente sobre el diseño parlamentario que había construido, como un verdadero orfebre, el Senador Miguel Piccheto para aislar al kirchnerismo, dejarlo en franca minoría y separarlo del bloque del PJ.
Los colegas de Bonadío, varios de los cuales hubieran podido adoptar idénticas medidas en varias causas por corrupción en las que está imputada, pusieron a trabajar sus narices para descubrir qué prefería la Casa Rosada y, prudentemente, se abstuvieron de ejecutarlas. Hoy, dada la necesidad de contar con el voto de dos tercios de los miembros presentes para lograr el desafuero solicitado, lo cierto es que no se producirá, al menos en el mediano plazo; si la causa adquiriera mayor consistencia cuando, dentro de mucho tiempo, llegue a la etapa oral, la exposición pública de los hechos podría hacer que muchos de los que hoy se amparan en posturas garantistas para proteger la libertad ambulatoria de la viuda se vieran obligados a modificar su postura para evitar pagar un alto costo político.
Pero, como decía Napoleón, el Juez Bonadío, ahora convertido en francotirador, podría producir en breve un pequeño hecho que generaría otro tsunami, éste sí difícil de defender con invocaciones persecutorias. Si las investigaciones hoteleras avanzan, bien podría suceder que en febrero ordenara similares medidas contra Máximo y Florencia Kirchner; el primero está protegido por fueros en su condición de Diputado en ejercicio, pero no sucede lo mismo con su hermana, dueña de incalculables fortunas y de pilas de dólares en efectivo. Herida así en su flanco más doloroso, es complicado imaginar qué hará entonces la leona destronada.
Por televisión, asistí a la conferencia de prensa que brindó la rea en la Cámara de Diputados. Imaginé cuánto hubiera ganado la nación si aparecía un celular de culata para trasladar muy amablemente a prisión a la mayoría de los asistentes; descollaban, por supuesto, Nilda Garré y Agustín Rossi (ex ministros de Defensa ahora investigados por la tragedia del “San Juan”), Martín Sabbatella (un prócer de la libertad de prensa), Daniel Scioli (un corrupto mayor), Fernando Espinosa y Verónica Magario (coautores recientes y sucesivos del verdadero genocidio cometido en La Matanza) y, ¿qué menos?, Andrés Larroque (imputado también por traición a la Patria). Ausentes con aviso: Luis D’Elía, Fernando Esteche, Ricardo Jaime, Julio de Vido, Carlos Zannini, Lázaro Báez, Milagro Salas, Amado Boudou, José López, Roberto Baratta, Omar Caballo Suárez, Pata Medina y César Milani.
Pero lo que más me llamó la atención fue el tenor de los argumentos utilizados para descalificar la resolución de Bonadío y para imputar, como autor intelectual de la misma, a Mauricio Macri. Sus críticas al fallo (desconocimiento de la presunción de inocencia, limitaciones a la prisión preventiva, prevaricato del juez, causas amañadas para condenar sin pruebas, violación de normas constitucionales, invención de tipos penales, obediencia del magistrado a la voluntad del Gobierno, etc.), corresponden con exactitud a los principios jurídicos que, al ser violados impunemente desde 2003 hasta ahora, mantienen en prisión a casi dos mil militares, muchos hace más de una década y sin condena.
En otro orden de cosas, si bien es cierto que el 60% de la ciudadanía muestra en todas las encuestas su optimismo sobre la gestión del Gobierno y la figura de Mauricio Macri, y se siente confortada con el efecto reparador del accionar de los jueces sobre los funcionarios y pseudo empresarios kirchneristas, no lo es menos que espera ansiosa que avancen sobre quienes bailaron tantos tangos con ellos, pagando las coimas que después incluían como sobreprecios en las obras públicas; y se pregunta qué pasará cuando la ola se acerque al círculo de las actuales autoridades.
El escándalo Odebrecht (“Lava Jato”) está arrasando con ese mundo secreto y fétido en toda la región. En la Argentina, hay muchos nombres importantes, y de todos los colores políticos, que deben dar explicaciones a los jueces: Enrique y Sebastián Ezkenazi (YPF y Petersen), Jorge Brito (Banco Macro), Osvaldo Acosta y Gustavo Ferreyra (Electroingeniería), Ángelo Calcaterra (IECSA), Cristiano Ratazzi (Flight Express), Enrique Wagner (Constructora) y muchos más. Hasta tanto ocurra, y de modo transparente, el escepticismo que tanto nos caracteriza seguirá imperando. 
Al tope de nuestras preocupaciones están la seguridad y la administración de justicia. Recuerdo que ya en 1130, el Rey Enrique I concedió a los londinenses el derecho a escoger como su propio sheriff y juez a quienes ellos quisieran. Y esa anécdota viene a cuento porque una de las causas de esas preocupaciones es la enorme desconfianza que tenemos sobre la conducta de nuestras policías, funcionarios, fiscales y jueces, muchas veces involucrados en el narcotráfico, la trata de personas, el lavado de dinero o la exhibición de fortunas inexplicables; pero aún si adoptáramos ese sistema, no debemos olvidar la responsabilidad del Consejo de la Magistratura, que tiene a su cargo el deber constitucional de ejercer el control del Poder Judicial, y de nombrar y remover a los jueces.
Como sucede con la defensa nacional, tristemente vuelta a poner sobre el tapete a raíz de la inevitable tragedia del submarino “San Juan”, en el terreno de la Justicia también debemos darnos políticas de Estado, con una clara, consistente y, sobre todo, permanente planificación del objetivo al cual queremos llegar. Si no lo hacemos, no tendremos derecho a quejarnos, aunque sigan depredándose nuestros recursos naturales, continúen los movimientos subversivos secesionistas, imperen las más violentas bandas de narcotraficantes y toleremos la inmigración descontrolada.
Cambiando absolutamente de escenario, recuerdo que Karl Marx, citando a Hegel (“los grandes hechos y personajes de la historia se repiten”), agregó que la primera vez lo hacen como tragedia y, la segunda, como comedia. Nicolás Maduro que, imitando a los gerontes cubanos, sumió a su pueblo en el hambre, la miseria y la desesperanza, ahora obliga a los ciudadanos a obtener un “carnet de la Patria”; el nuevo documento resulta indispensable para realizar cualquier tipo de trámite, contar con libretas de racionamiento de comida, acceder a centros médicos y remedios, estudiar en todos los niveles y votar, en un siniestro sistema de control de la ciudadanía. Nada importó, para dictar tamaño disparate, que sus númenes hayan visto fracasar en la isla, uno tras otro, todos los programas económicos que inventaron a contramano del mundo. Así como nos duele en el alma el régimen de terror asesino que se implantó en Cuba a partir de 1956, hoy nos conmueve hasta la médula lo que sucede en Venezuela, que se acerca a una situación igual y muere cada día.
Bs.As., 9 Dic 17
Enrique Guillermo Avogadro
Abogado - Enviado por su autor

Presidentes presidiarios. Por Anibal Hardy

Resultado de imagen para aibal hardyPocos países se han dado el lujo de meter presos a casi todos los presidentes que tuvieron, la Argentina tiene el gran mérito de elevar a la presidencia a figuras cuyo destino final es casi siempre, el enjuiciamiento y la prisión. Mauricio Macri, a los pocos meses de asumir ya fue denunciado por aparecer en la lista de los papeles de Panamá.
De la ex Presidente CFK puede decirse mucho, arrancó con un despegue turbulento, hoy está imputada, le dictaron el procesamiento con prisión preventiva. Además se pidió su inminente desafuero al Senado de la Nación, por la causa iniciada a raíz de la denuncia del fiscal fallecido Alberto Nisman por encubrimiento del atentado a la AMIA, por el Pacto con Irán. Antes que ella, su esposo Néstor, quien ya no está en este mundo, en vida reconoció haber estado detenido en la década del 70. Dos días preso, pero preso al fin. Antes que él, el doctor Duhalde, nunca estuvo preso, pero lo han acusado de todo lo que se pueda ocurrir. El inolvidable Adolfo Rodríguez Saá, quien en sólo 7 días de gobierno, se inmortalizó como el primer Presidente de la historia occidental que fuera sodomizado por televisión, por un hecho en un motel. Ramón Puerta, quien al ser nombrado en el cargo, se le conoció su curriculum como misionero, millonario y playboy.
Fernando de la Rúa. Un político cuyo aspecto expresaba fielmente su inteligencia. Rodeado de inolvidables muchachos cuyo único mérito era consumir comida china, estrellaron la República y mandaron a la UCR al precipicio con sus 100 años de historia. Fue procesado e impedido de salir del país.
Antes, Carlos Menem, fue dos veces procesado y dos veces detenido. Una, antes de ser Presidente y otra después de serlo. Don Raúl Alfonsín quien, tampoco fue preso. Igual, la historia le tiene reservado un lugar de privilegio. El 29 de marzo de 1962 los militares se llevaron preso a Arturo Frondizi, y este fue el presidente que más tiempo estuvo en la isla, un año y medio. En la época de la terrible dictadura, el general Bignone, procesado y detenido por la muerte de jóvenes en el Colegio Militar. El general Galtieri, procesado y detenido porque asumió y a los 5 meses le declaró la guerra a Inglaterra y a Estados Unidos juntos. El general Viola, procesado y detenido por violaciones a los derechos humanos, secuestros y asesinatos. El general Videla, procesado y detenido por lo mismo que Viola, y vuelto a detener y procesar por robo de niños.
Antes que el horror, María Estela Martínez, la señora Perón, procesada y detenida por ser presidenta constitucional elegida con el 62% de los votos, y también por algunos temas de fraude y corrupción. También la citan por su vinculación con la Triple A. Antes que ella, Juan Domingo Perón, detenido en el 45, luego derrocado, exiliado, prohibido, vapuleado, combatido, proscripto, excomulgado y degradado. Fue Presidente 3 veces.
Lastiri, detenido y procesado por varios hechos pero básicamente por ser el yerno de López Rega, quien también fue procesado y detenido aunque no llegó a ser Presidente. Cámpora, fue procesado, pero se asiló en la Embajada de México. El general Lanusse, quien como Menem, fue preso dos veces, una en los 50, mucho antes de ser Presidente, y otra después de serlo, cuando lo encarcela Videla en el 77. Con Lanusse pasaron 37 años con 17 presidentes más algún otro interino, como Italo Luder, quien también visitó un calabozo.
Lo llamativo de nuestro país es que nadie trata de retornar al condensado más simple de moralidad, casi tan antiguo como la misma humanidad, las Tablas de la Ley de Dios, los 10 Mandamientos lo abarcan todo. Es imprescindible un cambio en la mentalidad de la sociedad argentina, para que de esa manera también cambie la mentalidad de nuestra clase política, ya que los políticos son el fiel reflejo de la sociedad en la que viven.
ENVIADO POR SU AUTOR

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