2 DE CADA 3 PERSONAS NO ACCEDEN A UN EMPLEO PROTEGIDO
El
1º de Mayo es una ocasión propicia para reivindicar el trabajo y asumir
con autocrítica que, más allá de las declamaciones, todavía son mayoría
las personas en edad de trabajar que tienen vedada la oportunidad de
acceder a un empleo de calidad. Esta es la consecuencia de perseverar
durante décadas con regulaciones laborales que desalientan la generación
de empleos. Ante la contundencia del fracaso se necesita un cambio de
paradigma en la concepción de las instituciones laborales en lugar de
reiterar viejas recetas. El Día del Trabajador
convoca al reconocimiento a quienes ponen su esfuerzo y talento al
servicio de la producción. El día rememora la lucha de trabajadores
norteamericanos que consiguieron imponer la jornada de 8 horas a finales
del siglo diecinueve, conquista que rápidamente se hizo extensiva a
todos los países industrializados. Con el paso del tiempo se fueron
acumulando nuevos progresos en materia de protección legal a los
trabajadores. Pero quedó el 1° de mayo universalmente asociado a los
derechos laborales. Más importante y complicado que
plasmar en una norma un derecho laboral, es lograr que ese derecho pueda
ser efectivizado en la práctica. Por eso, además del
reconocimiento y la celebración, el 1° de mayo debería ser un día de
introspección para analizar de manera crítica y reflexiva el estado del
mercado laboral argentino. Más concretamente evaluar en qué medida los
ciudadanos están pudiendo efectivamente ejercer el derecho al trabajo
bajo la protección de las normas laborales. En base a datos
oficiales de la encuesta de hogares del INDEC y considerando que la
población urbana en edad de trabajar es de aproximadamente 24 millones
de personas se estima que: · 6,8 millones de personas (29%) no trabajan ni buscan trabajo, o sea no participan del mercado laboral. · 1,1 millones (5%) busca trabajo pero no lo consigue, o sea integra el segmento de los desocupados. · 7,9 millones
(33%) trabaja, pero como asalariado no registrado o en el
cuentapropismo, o sea empleos donde los derechos laborales no se hacen
efectivos. Estos datos muestran que sólo una minoría de las
personas en edad de trabajar accede a un empleo protegido por las normas
laborales. Prácticamente un tercio no participa del mercado de trabajo o
está desempleado. Otro tercio trabaja, pero bajo condiciones precarias
como es el empleo asalariado no registrado o en el cuentapropismo que
muchas veces es la alternativa a la falta de oportunidades para obtener
un empleo asalariado registrado. Es decir, 2 de cada 3 personas en edad de trabajar no acceden a un empleo asalariado registrado en Argentina. La
contradicción es muy visible. La legislación laboral se compone por una
compleja acumulación de normas que establecen reglas de protección al
trabajador. Pero el corto alcance en su aplicación diluye considerablemente su impacto protectivo.
Muy pocos trabajadores disfrutan integralmente de la protección legal,
mientras que la mayoría, sobre todos lo que están en mayor estado de
vulnerabilidad, quedan excluidos debido a la alta incidencia de la
inactividad laboral, el desempleo y la informalidad. Se trata de un fenómeno estructural que ha permanecido incólume frente a los cambios de ciclos económicos y políticos.
La causa es que las regulaciones laborales no experimentaron cambios
importantes. Por ejemplo, entre los años 2003 y 2013 se disfrutó un
inédito ciclo de creación de más de 3 millones de empleos formales, pero
aun así quedan dos tercios de la población en edad de trabajar
excluidas de este tipo de empleo. A su vez, la mayor parte de esa
generación de empleos formales estuvo asociada a la licuación de
salarios que produjo la mega devaluación del año 2002 más que
instituciones laborales modernas. En otras palabras, se pudieron crear
empleos con protección legal mientras se sostuvo el abaratamiento del
costo de la mano de obra que produjo la devaluación. Eduardo
Galeano reconoció que muchas de las ideas planteadas en su libro “Las
Venas Abiertas de América Latina” son equivocadas. Igual
valentía y capacidad de autocrítica se necesita para asumir que resultan
hipócritas normas laborales que solo una minoría disfruta. En
lugar de perseverar en viejas recetas, como apelar a devaluaciones o
tibias reducciones de contribuciones patronales, la reivindicación del
trabajo como vía para concretar la justicia social exige un cambio de
paradigma y, derivado de ello, un replanteo integral hacia la
modernización de las instituciones laborales. FUENTE: PUBLICADO EN IDESA - www.idesa.org - Enviado por mail
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