jueves, 9 de mayo de 2019

LA VENEZUELA DE PUTIN. Por Luis Marín

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“La caída de la URSS fue la mayor catástrofe geopolítica de todo el siglo XX”, ha repetido Vladimir Putin en sus sucesivas investiduras como presidente de Rusia, que viene de 1999 y pretende proyectarse hasta el 2024, previa reforma en 2008 que llevó el período de 4 años sin más de una reelección inmediata a 6 años con reelección, algo familiar en estas tierras.

Y este es el error de principio porque más bien fue el establecimiento de la URSS de las mayores catástrofes políticas del siglo XX, que fue prolijo en ellas, un Estado que nunca debió existir y cuya desaparición fue apenas una pequeña corrección histórica.
Por cierto que Putin es inconsecuente con su materialismo vulgar al pretender que la URSS podía ser reformada en lugar de echarla al traste, porque no vale la pena perder el tiempo en eso una vez que, según este criterio, la historia ha dictado ya su veredicto; lo que hace menos plausibles sus esfuerzos por reestablecerla.
El hilo conductor de la conducta política de Putin puede encontrarse en su empeño por retornar a la magnificencia y poderío de la antigua Unión Soviética, al menos como él se la imaginaba desde su oscura posición de teniente coronel del KGB; algo también familiar en estas tierras de tenientes coroneles bregando por recuperar glorias perdidas de un pasado completamente idealizado.
En el orden interno la tarea está ampliamente cumplida: cada vez son más los ciudadanos que sienten encontrarse en la repudiada era del totalitarismo que creían haber superado, por la uniformidad de las informaciones en los medios y la idolatría desembozada a la figura del líder, lo que antaño se llamaba “culto a la personalidad”.
El slogan de Putin no podía ser otro que la “unidad” y su partido “Rusia Unida”, por algo se fundó en el 2001 con los movimientos Unidad, Patria y Toda Rusia. Su ideología es una mezcolanza de nacionalismo, centralismo y conservadurismo ruso, que incluye reivindicar al zarismo y las tradiciones de la Iglesia Ortodoxa Rusa.
En materia económica la aspiración es convertir a Rusia en una de las cinco economías más grandes del mundo, que justifique su presencia en el Club de las grandes potencias del Consejo de Seguridad de la ONU, del que no forman parte Japón ni Alemania que sería tercero y cuarto detrás de China; pero actualmente solo alcanzaría el tamaño de Texas, uno entre cincuenta Estados de la Unión.
El problema del capitalismo mafioso impuesto por Putin es lo improductivo que resulta, como no puede ser de otra manera en un sistema no competitivo ni innovador, porque ambas condiciones están reñidas con medrar a la sombra del Estado y poner la obsecuencia política por encima de cualquier consideración estrictamente de mercado. (Decía Gonzalo Barrios que Venezuela era un país de prósperos empresarios con empresas arruinadas.)
Otro problema no menor es el de la inseguridad jurídica en un país donde no existe la separación e independencia de los poderes públicos y los jueces, si pueden llamarse así, son heraldos de la administración central, léase, agentes de una justicia partisana y corrupta.
Este contubernio de jueces, fiscales, policías, pseudoempresarios, operando en un ambiente donde no hay claras reglas de mercado ni una legislación respetada por todos, constituye lo que Putin ha dado en llamar “la dictadura de la ley”, un oxímoron con el que pretende hacer digerible lo que en realidad no es más que su tiranía personal, como en los pasados tiempos del comunismo y mucho más antaños del zarismo.
Teóricamente se acepta que una de las diferencias del totalitarismo respecto de la dictadura clásica es que la médula del poder se desplaza de las fuerzas armadas a la policía política, lo que parece muy acorde con la mentalidad de Putin que se apoya en su Servicio Federal de Seguridad (FSB), tan heredero del KGB que hasta tiene su sede en la famosa Lubyanka.
Aunque cuenta con otros servicios secretos para operaciones en el exterior, a los que se señala por espectaculares atentados en diversas partes del mundo y dirigir las numerosas guerras simultáneas en que se encuentra envuelta su administración, desde Chechenia, Georgia, Ucrania, Siria hasta extender sus tentáculos a Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Parece excesivo para una economía exhausta, con caída de los precios del petróleo y el gas, elevadísimos costos operativos, sometida a las sanciones internacionales por sus aventuras expansionistas, que nada ayudan a la activación de un aparato productivo carcomido por la corrupción, lavado de dinero, tráfico de materiales ilícitos peligrosos, como la chatarra nuclear postsoviética. El parasitismo y la depredación no son buenos para la producción.
Meter baza en Venezuela sólo tendría sentido para contar con un peón que sacrificar en una negociación en otra parte del mundo, como el Cáucaso o el Medio Oriente, menos que una ficha como lo fue Cuba durante la crisis de los cohetes de los años 60, cuando si existía la URSS y el comunismo era un proyecto con pretensiones universales. (Se cuenta que la pérdida del territorio Esequivo se debió a la firma de un juez ruso, que debió habernos negociado a cambio de algún interés estratégico al otro lado del mundo.)
Anna Politkovskaya fue una periodista rusa que se hizo popular por su libro “La Rusia de Putin”, como por sus artículos sobre las guerras en Chechenia, en los que denunciaba los abusos y criminalidad del aparato militar, la judicatura y los oligarcas, que son los actores principales del sistema reinante.
Cualquiera que recorra sus páginas no podrá evitar la sensación de que le están hablando de Venezuela, cambiando apenas algunos nombres de personas, direcciones, localidades, sitios geográficos, todo es exactamente lo mismo: impunidad, cinismo, rapacidad, falta de escrúpulos; del otro lado, las víctimas de siempre, la misma apatía y desesperanza.
AP fue asesinada en el edificio de su residencia por un pistolero de cualquiera de aquellos generales, jueces, oligarcas, en un crimen nunca esclarecido, el 06 de octubre de 2006, precisamente el día del 54 cumpleaños de Putin.
Este guiño un tanto macabro dirigido al autor en última instancia de éste y tantos otros crímenes le dejó sin proponérselo una huella imborrable en su carcasa blindada, que habrá de perseguirlo mientras viva e incluso después que deje de hacerlo, para siempre.
Es una de esas ironías de la madre Rusia también familiar en estas tierras.
ENVIADO POR SU AUTOR DESDE VENEZUELA

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